En esta página podrás ver una selección de poemas del libro 'El rey de los milagros', la portada original, la dedicatoria y el prólog.

 

Dedicatoria: A Don Felipe Sicilia. Gloria de la Medicina Española. Homenaje del autor.
 
 


PRÓLOGO

Yo puedo decir como Bécquer:

Mi vida es un erial,
flor que toco se deshoja;
que en mi camino fatal
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja

En mi vida solo ha germinado la pobreza y aunque no tengo todavía los veinte años, guardo abundantes cosechas de dolor. Soy un alma huérfana de cariños y vivo con pánico de mi gloria, cual si fuese el fruto de un remordimiento. No he hallado jamás la voz amiga que me dé alientos en mis caminos áridos y he visto alejarse de mí a las personas hipócritas que me prometían afectos. En las puertas de mis buenos amigos ha sonado la aldaba muchas veces demandando misericordias y si los amigos me ofrecieron sus dádivas generosas y me hicieron sentar a su mesa para compartir sus manjares, yo, en pago, les he regalado mis versos y las ternuras de mi corazón.

 

Soy un hijo triste de la noche, soñador de ternuras y enfermo de misantropía; enamorado de los astros y de las túnicas de púrpura de los príncipes de leyenda. Sé que el ambiente no es propicio a mi gesto y que las palabras de los poetas caen en la moderna sociedad como un abismo de indiferencia donde se desperezan los necios y donde los envidiosos que tienen ictericia enseñan los dientes amarillos.

Yo puedo hablar fuerte porque soy un poder espiritual en la forma más pura y a quien quiera atropellarme por ser débil cometerá una triste acción contra el fraternal sentimiento que yo tengo para todos.

Todo lo que me hagan ha de saberse en la posteridad histórica y quedará como una mala nota.

ARMANDO BUSCARINI 

 

 

EL ASCUA

A mi querido amigo Victorio Arizón

Cuando en aquellos días
lejanos me decías
que era el cáliz amargo,
que era la vida triste
y el camino era largo,
en lo hondo de la estufa
cercana a tu balcón
una tarde de otoño
vi que se consumía
un ascua que tenía
forma de corazón.

Se inundaba el espacio de frío de negrura

Y nuestras pobres almas ateridas
sintieron de repente
el calor y la llama de una misma ternura
y frente a los inmóviles horizontes abiertos,
temblorosas las manos y las bocas unidas
los dos nos sonreímos
y durante una hora inmensa nos quisimos
con el desinterés que se quiere a los muertos.

Volvieron otras tardes cual dorados racimos
que los dos vendimiamos y los dos repartimos;
pero  ahítos del hechizo de nuestras horas plenas
inventamos pretextos a la separación.

¡Tú te fuiste llorando! ¡Yo quedé con mis penas!
¡Se había apagado el ascua de nuestro corazón!