Soterrados sufrimientos ocultos por una corteza fabricada con popularidad, sonrisas y piruetas grotescas era casi todo lo que había en la vida de aquellos tipos que hicieron de las calles de un Madrid pequeño y cordial, campo de evolución de sus afanes, sitio de estar de cuerpos maltrechos, comedor de sus propias hambres, y hasta dormitorio de sus horribles pesadillas. Surgían de cualquier parte, vivían de cualquier modo y, al final, en cualquier ocasión se los tragaba el destino.

Rememoro a toda una serie de tipos pintorescos. A Facunda Conde, conocida por el remoquete de Madame Pimentón; al pintor Riego, eterno incomprendido; al profesor Leonard, viejo de cabeza venerable, pero enloquecido por su hallazgo del “injerto atmosférico”; y al ignoto anciano de largas melenas blancas y luengo gabán, que hacía sonar la ocarina por la calle del Príncipe y la plaza de Santa Ana todas las tardes al oscurecer. También a Abdona García, vendedora ambulante, que se pasó toda la vida en la Puerta del Sol y que vio la entrada triunfal de Alfonso XII, el asesinato de Canalejas frente a la librería de San Martín y la llegada del Gobierno de la Segunda República. Y también a aquel personaje fornido e hirsuto que hacía campañas trasnochadas para devolverle a América su más apropiado nombre de “Cristobalia” y que no se hartaba de acusar de impostor a Américo Vespucio. Y a muchísimos más.

En ese mismo período del tiempo y del espacio evolucionó durante varios años Armando Buscarini, el que se creyó poeta inmortal y no pasó de hacer una triste carrera de bohemio famélico.

Tristes tipos de época, hijos de una humanidad saturnal, que los masticaba con dientes ensangrentados; que los engullía con apetito de dragón.

Antes de mencionar el periplo trágico de Buscarini quisiera reproducir un pensamiento de Sarama Alexandrian que extraigo de su trabajo El surrealismo y el sueño y que dice así: “Para mí no hay poeta que esté loco y todo loco que escribe poemas está en el camino de la curación”. Yo engarzaría esta idea con los párrafos que escribió mi buen amigo e ilustre psiquiatra, don José Mª Villacián, en los cuales aludía a sus paseos del brazo de Buscarini por las orillas del río Pisuerga, en los que reproduce estas palabras que el enfermo poeta decía al médico: “Yo soy más feliz que usted, porque además de ver lo que usted ve, al mirar los dos la misma cosa, yo veo lo que sus ojos ciegos de persona normal no pueden percibir; ¡por favor!, déjeme vivir despierto en este mundo de ensueño. No me cure”. Concigo esta situación como una reacción reversible: la razón de la locura, la locura de la razón. Un poeta no puede estar loco; un loco siempre es un poeta. ¿Qué diagnóstico haríamos, siguiendo este camino de las alteraciones de conducta de Hölderling o de Basterra?

Dado que ignoro si nos estamos moviendo entre sofismas o absurdideces, quisiera rehacer con la mayor sencillez y sin especular demasiado los pasos que por este mundo dio Armando Buscarini.

Por la década de los años veinte consiguió que le editaran dos libros: Los lauros y Cancionero del arroyo. Un drama en verso titulado El Rufián no consiguió verlo representado. Tenía audiencia en todos los ambientes literarios cobijados en los amables cafés, “La Montaña”, el “Lion D’Or” o el “Madrid”, pero su sitio predilecto era la acera del Ministerio de Hacienda, en cuyos muros tenía montado un tingladillo con sus obras, y él mismo, con voz enérgica las anunciaba y pretendía venderlas a los transeúntes y a las gentes que entraban y salían de los ambientes cafeteriles.

Tenía unos latiguillos que chocaban a la gente:

-¡El que compre un ejemplar evitará que me tire por el viaducto!

Cuentan que este estribillo quiso colocárselo a Valle-Inclán que, en aquel momento, salía del café “La Montaña”:

-Don Ramón, si no vendo un libro hoy me tiro por el viaducto; imagínese este cuerpo estrellado en la calle de Segovia.
-Hombre, ezo no eztá mal y no quiero que vaya zolo. Le acompaño a ver zi lo hace con elegancia- le contestó el escritor gallego con su peculiar ceceo.

Naturalmente se negó a que Don Ramón se tomase la molestia de presenciar su suicidio.

Había entonces una nutrida serie de escritores de la bohemia que presumía de pasar hambre o que la pasaban de verdad. Junto con Buscarini podríamos contar a sus coetáneos Heliodoro Puche, Francisco Villaespesa, Emilio Carrer y Alfonso Vidal y Planas. En algunos de ellos aquel tipo de vida, a lo Murguer, era una máscara, un “cachet”, que les valía para vivir a su modo, a la ligera, con despreocupación; tal fue el caso de Carrere. Pero en Buscarini la bohemia era hambre, tuberculosis y cama en el refugio maloliente que había en la Corredera Baja de San Pedro.

Cuando Buscarini lograba colocar uno de sus librejos, cosa difícil aunque los vendiera a dos reales la pieza, le pedía el nombre al comprador y, agradecido, le improvisaba un soneto como dedicatoria. Con aquellos dos reales entretenía el hambre hasta el día siguiente.

No era mal poeta, lo que pasa es que nadie podía sentir entusiasmo por estos versos de su Cancionero del arroyo que empezaban así:

“Yo soy un errabundo poeta funerario
que amo la eterna sombra del eterno misterio;
yo soy el que de noche camina solitario
entre las negras sombras de un triste cementerio”

Seguían las estrofas deslizándose por este camino nada optimista y acababa la composición de esta forma:

“Mi alma entera es poesía,
mi inspiración es de fuego
y el mar en donde navego
se llama melancolía”

Y era cierto, porque si quería triunfar, en aquellos tiempos y con tal bagaje sentimental, era poco menos que perseguir una quimera. Y mucho menos podían colmarse ambiciones con cualquier nimiedad, con cualquier gratificación modesta si consideramos que él mismo se calificaba de esta guisa en otro pasaje de su obra:

“Yo soy un príncipe altivo
sin más brillante fortuna
que mis sueños en la luna
de los cuales soy cautivo”

¿Príncipe altivo? No tenía otra cosa. Esto es lo que se llama hipertrofia del yo. Vivía prisionero de ese concepto ególatra de sí mismo. Pero no vivía realmente en la luna, sino que tenía que pisar todos los días el duro pavimento de las aceras de la calle de Alcalá. Y sobre aquella dureza, había que vivir, con sueños o sin ellos.

Por aquella época Buscarini debía contar veinticuatro o veinticinco años y era un hombre de mediana estatura, delgado, casi famélico, y desmelenado.

La lucha encarnizada con los editores a los que asediaba desde que se retiraba a descansar y al sereno cerraba el portal, hasta el que asediado salía de su casa a la mañana siguiente y en el mismo portal se encontraba con Buscarini que le aguardaba con la eterna pretensión de que publicase sus poesías. Alguna vez aparecía alguna composición suya en la sección de “Líricos Modernos” del periódico La Libertad, con lo cual iba tirando, seguía alimentando sus ilusiones de triunfo y calmaba el hambre. Cinco duros en plata juntos no los tuvo jamás en su mano, lo que quiere decir que nunca pudo darse uno de aquellos hartazgos que su cerebro y su estómago desearían, porque a su lado parecía tener adherida la sombra del doctor don Pedro Recio de Tirteafuera que tocaba con una varita invisible el plato imaginario que el poeta ansiaba engullir mientras en el aire quedaba la palabra fiera, absit, mágica para darle alientos al hambre.

Tuvo un amigo que escribió una crónica sobre él en el desaparecido semanario Dígame, de K-Hito; me refiero a Juan Lagarma, que le recordó bastantes años después de su muerte; en la claucrónica, viene reproducida la única fotografía del poeta que conozco y en la que aparece bastante acicalado, con cara de muchacho simpático, de maxilar inferior agudo, imberbe, de ojos inteligentes y cejas muy perfiladas. En uno de los ratos de desesperación que debió sufrir, Lagarma pone en labios de Buscarini esta frase: “Yo no soy un bohemio tonto, soy un poeta. Quiero triunfar, necesito triunfar y estoy seguro de que triunfaré”.

¡Qué fracaso! Su único triunfo era efímero y de escasa duración: consistía en el logro raro de vender algún ejemplar de sus pequeñas obras para seguir malviviendo. El destino permanecía impertérrito ante sus reclamaciones. ¡Triunfar, triunfar; alcanzar esa gloria que todos los poetas persiguen! ¡No!

He mencionado que tuvo amigos y valedores de calidad. He oído decir a alguien que le conoció que nunca le faltó el apoyo económico de los Quintero, a uno de los cuales recurría en los momentos de extremo apuro, pues nunca le faltó el juicio objetivo suficiente de no expoliar ni agotar la capacidad de ayuda de quienes le resolvían situaciones extremas.

Recurrió a todo para sobrevivir. Si su única fuente de ingresos era la de poder endosar sus libros por dos reales, por una pesetilla o por la voluntad, procuraba que sus voces pregoneras de la mercancía fueran sugerentes y llamativas; pero como esto no era suficiente reforzaba su ofrecimiento con la especie de tingladillo a que antes he aludido, constituido por cartelones, “póster” diríamos hoy, que apoyaba en la fachada del Casino o del Ministerio, y que él mismo se confeccionaba en los que estampó muchas frases lapidarias de entre las cuales destaco ésta: “Mi corazón dice que te regale un libro; mi cerebro dice que lo pagues”. Y con tales argucias conseguía atraer al grupo de curiosos que nunca faltaban dispuestos a aglomerarse ante cualquier reclamo. Y cuando conseguía reunir a un grupo algo numeroso les dirigía la palabra y se proclamaba ante ellos poeta inmortal y genio ignorado. El que fuese capaz de comprar uno de sus libros era el único capaz de conocer el valor y grandeza del poeta que lo había escrito.

El hambre de aquel bohemio tenía un aliado: el frío. Buscarini no podía abrigarse suficientemente para luchar con eficacia contra el cierzo guadarrameño. Seguramente fue don Eduardo Marquina quien, compadecido, se lo llevó a una sastrería de donde salió con un flamante gabán; pero aquella prenda le sirvió al poeta para hacer visitas de escaso protocolo al Monte de Piedad, donde entraba bien abrigado y salía a cuerpo gentil; o al revés, cuando lograba reunir cierta pequeña cantidad entraba a cuerpo y salía embutido en su abrigo; abrigo de “ida y vuelta” o de “quita y pon”; abrigo que fue proverbial, muy conocido, tan popular como su dueño, pues era el indicador de que Buscarini andaba desahogado o absolutamente inane. Sin el abrigo habría podido comer caliente en alguna tasca barriobajera; con el abrigo puesto sólo podía alcanzar los restos del rancho de algún cuartel. También el abrigo era despensa; se conocía el hecho de que si alguien le invitaba a café con media, se tomase el café y se guardase la media bien untada de mantequilla, para cenar, en uno de los bolsillos del gabán, antes de dirigirse a pasar la noche en el antro-refugio de la Corredera Baja.

Un buen día Armando Buscarini desapareció; se lo tragó el silencio. Sus amigos le buscaron, indagaron; y cuando hubo pasado cierto tiempo, y ya desaparecida la sensación de extrañeza al no verle en su puesto predilecto de la acera de los impares de la calle de Alcalá, la despreocupación dio paso a la indiferencia por la suerte que el poeta callejero hubiera podido tener. Alguien tuvo referencias de que había sufrido un ataque de enajenación mental y que estaba internado en un manicomio. Después el silencio se hizo más profundo y el proceso del olvido en las gentes dio al traste con los sueños triunfales del poeta tronado que se creyó genio. Y todo esto debió suceder por los años 1927 o 1928. Madrid perdió el ornato de uno de sus habitantes, de un popular, de un hombre, si no genial, al menos original, de un ser que luchaba a su modo y con sus armas a brazo partido con la vida, con el dolor, con la ruina. De un hombre azotado por el infortunio en plena juventud pero que jamás decayó en sus ansias de triunfar; no de una forma modesta, sino de triunfar con laureles, con himnos, con muchedumbres frenéticas rendidas a sus pies.

Y allá va el relato de unos acontecimientos posteriores que casi nadie conoce y que yo tras recogerlos en fragmentos, he logrado hilvanar en esta crónica que, parafraseando en lenguaje “ramoniano” no es una biografía sino una “moribundia”.

Una vez, por el año 1958, recibí una carta del doctor Villacián desde Valladolid. Para el lector que no tenga idea de quién fue este gran profesor debo anticiparle que entre nosotros, los psiquiatras españoles, era un hombre de mucho prestigio. En aquella fecha de su carta era profesor de Psiquiatría de la Universidad de Valladolid y director del manicomio de aquella provincia.

En su carta, Villacián, me pedía los datos que pudieran haber en el manicomio de Logroño sobre el poeta Buscarini, pero me aclaraba que su filiación auténtica o legal era la de Antonio Armando García Barrios, apellidos de su madre. El poeta era hijo natural, no reconocido por el padre, el cual era un italiano residente en la Argentina y que realmente se llamaba Armando Buscarini. Nuestro poeta utilizó el apellido paterno en el ruedo literario.

Busqué en el archivo hasta dar con la historia clínica en la que constaba que había sido dado de alta por defunción el 9 de junio de 1940, defunción que fue motivada por una tuberculosis pulmonar. Había unos datos clínicos de poco interés y unos versos escritos a lápiz en la hoja de un bloc titulados “Salmo de mayo”. Y casi nada más. Envié estos datos a Villacián el cual me dio las gracias en otra carta, de la cual copio el siguiente párrafo:

“Aquí, como le decía en mi anterior, mantuvo siempre adheridos, pero sin invasión, sus dos mundos el morboso y el normal; durante horas seguidas hablaba con él como un normal, y luego, a mi instancia, era capaz de abrumarme con el conjunto de producciones esquizofrénicas. Las pocas producciones poéticas que aquí hizo (que constan en su historia, pues hizo muchas que enviaba a Madrid) ponen de manifiesto lo que le digo, y la que Ud. Me envía, dentro de lo normal, lo demuestra también”.

Como postada agregaba Villacián que la poesía titulada El hijo asesinado y reproducida en el capítulo de enfermedades del Tratado de Medicina de Bañuelos, que se consignaba como ejemplo de manifestación literaria de los esquizofrénicos, fue escrita por Buscarini durante su estancia en el manicomio de Valladolid. Era un lamento horrible. Los sentimientos en los esquizofrénicos deben adquirir una descomunal grandeza. La temática del poema es la idea delirante de persecución que hace derivar de la actitud de su madre y que imprime un signo decisivo en su actitud ante la vida. Un poeta, por maldito que sea, no escoge como fuente de inspiración la figura de la madre terrible porque sí; debe haber motivaciones de la dinámica del inconsciente que nos llevaría extraer conclusiones muy alejadas de nosotros y de nuestro aparentemente bien ordenado y jerarquizado mundo interior. De la espantosa poesía escojo este fragmento en el que destacan un odio feroz y una idea delirante que después comentaremos:

“Dicen que nada justifica un crimen:
mas tu actitud hoy justifica varios;
uno, el de las torturas que me has hecho
padecer a través de muchos años
o por no soportar lo que valía
o tal vez por saberlo demasiado;
otro, el de haberme declarado loco
sabiendo que fui siempre sensato;
otro, el de haber mandado que pusieran
una aguja entre el pan para que acaso
al ingerir la vianda maldecida
hiriera el corazón que amó tanto...”

El erudito que encuentre defectos en la rima y en la medida de estos versos debe tener en cuenta que están elaborados por el cerebro en plena efervescencia de un hombre hambriento, tuberculoso, recluido en un manicomio y con el alma devastada por un sentimiento de odio patológico.

He de volver un poco más adelante sobre esta cuestión, que dejo aquí, de momento, para proseguir la cronología de los datos que fui obteniendo. No obstante, acabados mis diálogos epistolares con el doctor Villacián, el eco que en mí pudo resonar al tomar con la figura del poeta descarriado, se apagó casi por completo. Pero cuatro o cinco años después de cruzar esta correspondencia con Villacián, recibí otro impacto. El escritor Serrano Anguita escribió una crónica en el diario Madrid, sobre Buscarini, en la cual se decía que yo fui el psiquiatra que tuvo a su cargo los cuidados del poeta durante los últimos años de su vida en el manicomio de Logroño. Y no; no era exacto. Por aquella época en que Buscarini estaba ingresado yo estaba terminando mis estudios de bachillerato en el Instituto de Orihuela. De él son estos párrafos.

“Buscarini ‘ganaba tan poco dinero con sus versos que nunca pudo pagarse un hospedaje. Alimentábase con medias tostadas y dormía en las más horrendas yacijas’ (...) ‘Sus versos quizá fueran vulgares de forma; pero revelaban cierta inspiración digna de estudios’ (...) ‘El constante no comer acabó nublándole el cerebro’”.

La crónica es mucho más larga pero con lo reproducido basta para reflejar el cráter que Buscarini había logrado abrir entre los escritores de la generación del 27, tan fuerte y vivo que se le recordaba por uno de ellos en letras de molde catorce años después de su muerte.

El error de Serrano Anguita respecto al psiquiatra que atendió a Buscarini es explicable. Manejó los datos que yo proporcioné a Villacián y no debió en estas informaciones quedar bien claro que el médico alienista que lo tuvo a su cuidado no fui yo, sino mi antecesor en el puesto, el doctor Caballero.

La cuenta de los años continuó deslizándose como los granos de un rosario. Uno, y otro y el siguiente, y muchos más. Don José Mª Villacián, con el cual sostuve una amistad entrañable y a quien recuerdo con veneración, murió en 1973. Si he dicho antes que vivió querido por todo el mundo, agrego ahora que esto lo consiguió con mucha facilidad, pero de tal facilidad sólo él tenía el secreto: derrochó bondad a lo largo de un camino que también para él fue áspero. Fue un hombre tan notable y, al mismo tiempo, tan modesto que en ocasión de un homenaje que se le tributó en su ciudad, pronunció esta frase: “Uno no es nada si no es hecho por los otros”. Era un hombre bueno que pasó por la vida sin enterarse del bien que había derramado. Yo asociaba la figura y el recuerdo de Villacián con los de Buscarini y me llegó a producir desasosiego lo escueto de los datos que en el protocolo clínico del manicomio de Logroño habían quedado sobre un enfermo tan curioso e interesante. Buscarini, por desgracia para él, no era corriente ni vulgar, sino interesante. Me entró el reconcomio de conocer lo que había sucedido en las lagunas que quedaban inéditas en la biografía de una vida tan breve como la suya.

En 1978 conocí, en una reunión de psiquiatras celebrada en Madrid, a Fernando Leal, discípulo de Villacián y médico del Centro Psiquiátrico de la ciudad del Pisuerga.

Fernando Leal es muy joven y no tenía ni idea de que tal personaje existió. Le pedí que me hiciera el favor de enviarme una referencia de los datos que encontrase en la historia clínica de un enfermo llamado Antonio Armando García Barrios. Lo hizo. Buscarini tenía un don: intrigaba a la gente, incluso a la que ni conoció como nos pasó a mí y a Fernando Leal, según se deduce del contenido de la carta de este último en la que me anunciaba el envío de fotocopias de todos los documentos clínicos que halló en los archivos, y de cuya carta también reproduzco un párrafo elocuente: “Curiosamente se trata de la Historia Clínica nº 1 de nuestros archivos generales. Se trata sin duda de un caso muy interesante. Te deseo una feliz lectura y te agradecería que nos enviaras una fotocopia si escribes algo acerca de él”.

¡El número uno! Lugar privilegiado de una serie de vidas trágicas. Si Buscarini, el poeta loco, no fue el número uno de los poetas cuerdos sí logró ser el número uno de los locos poetas que había encerrados en el manicomio de Valladolid. Dicho centro médico ocupaba el antiguo Monasterio del Prado que fue habilitado como casa de orates en la ciudad del Pisuerga. Me imagino lo que sería aquello y podrán imaginárselo todos los que hayan visitado centros psiquiátricos españoles; poco a poco las cosas han ido evolucionando y, tal vez si Buscarini hubiera vivido en nuestra época habría llevado una existencia hospitalaria más acorde con las necesidades mínimas del ser humano. Pero las ciencias, los conceptos e, incluso, la sociología no han evolucionado al mismo ritmo, porque con toda seguridad expedientes de ingreso habría tenido que sufrir si ahora mismo manifestase sus alteraciones como lo hizo en sus tiempos.

He mencionado líneas atrás que se llamaba legalmente Armando García Barrios, nacido en la pintoresca ciudad de Ezcaray, en las estribaciones de la sierra de la Demanda y próximo al lugar de origen del río Oja. Vino al mundo el 18 de julio de 1904, en la calle de la Parra, nº 1 (hoy calle Mercedes de la Mateo). Y falleció el 9 de junio de 1940 a las 19 horas en el manicomio provincial de Logroño. Su vida duró, pues, treinta y seis años. Los aficionados a descubrir sutilezas fíjense en que los años de su nacimiento y de su muerte están compuestos por los mismos guarismos: el cero, el uno, el cuatro y el nueve. No sé lo que esa coincidencia de cifras significará para los que creen en las chiripas, para los técnicos de las cábalas o los augurios. Pero ahí queda consignado el hecho de la serie coincidente de unos números, combinados de distinto modo en esas dos fechas que le fueron fatales. Porque ni debió nacer ni debió morir. Se consideraba inmortal y lo inmortal, ya que no tiene fin tampoco tiene principio.

Ezcaray es un pueblo encantador, de paisajes bucólicos y de bravura serrana, de aire transparente y de cielo limpísimo. En aquel valle de ensueño, nació nuestro poeta entre frondosos robles y hayas centenarias.

La madre de Armando fue una mujer de vida muy libre; me dijo alguien que la conoció que era de esas que van y vienen, sin trabas, sin preocupaciones, sin prejuicios y sin miedo. Una vez llegó en sus escapadas hasta Buenos Aires. Y allí concibió al poeta. Cuando la mujer estaba encinta debió necesitar apoyo de alguien y regresó a su pueblo de origen donde dio a luz a su único hijo en la fecha indicada. Las personas a quienes interrogué y que la trataron me decían unánimes que era eso: una mujer inquieta e inestable, turbulenta e irreflexiva, pero inteligente y tenaz en el logro de sus propósitos.

El muchacho nacido en el pueblo riojano se desarrolló allí hasta su adolescencia, momento en el cual “dio el salto” –con su madre- a la capital de España donde, aún muy joven, se dio a conocer pronto en los cenáculos literarios, quizá cuando aún no había cumplido los veinte años. ¿Por qué salió este muchacho de Ezcaray? ¿Cómo arribó al maremagno de Madrid? ¿Fue solo por su propio impulso?

Siguen los interrogantes. Esa madre horrorosa en El hijo asesinado ¿fue realmente un monstruo? Mi impresión es que era una mujer casquivana, desalada e inquieta, fracasada en las lides del amor, tuvo un núcleo de proyección afectiva en el hijo único, fruto de amores ilícitos, sobre el que lanzó, condensadas en un rayo, todas las pulsiones sentimentales que no podían fijarse en ninguna otra parte. Imaginemos un pueblo pequeño, una comunidad de vecinos afecta del fenómeno social de la anomia, a la que arriba un miembro femenino de esa comunidad puritana y proclama con un embarazo la práctica de una conducta, llamémosle, irregular. El ambiente nada propicio había de ser para aquella mujer “impura” que, dado el rigor de unas normas morales inflexibles, a comienzos de este siglo, había forzosamente que producir un estado de marginación. La afectividad sólo puede tener una vía de salida que es la comunicación con los demás. Si esa comunidad se prohíbe, la afectividad se distorsiona en cantidad y en calidad. El único ser con quien puede ser factible esa comunicación es débil; en ese caso, en plena evolución de su personalidad, permeable a cualquier influjo, materia maleable para recibir una marca indeleble.

El resultado de la presión afectiva materna fue el hecho de la absorción, del acaparamiento de la vida del otro, invalidante para el sujeto absorbido y apresado por la afectividad materna. Aquí nos hallamos ante el símbolo de la madre terrible, devoradora, de la diosa Kali, de la madre castrante.

Envuelto en esa atmósfera asfixiante el sujeto (hijo-víctima) se debate en un proceso de ambivalencia, entre la autoafirmación y la entrega; en el que se desea permanecer en el regazo activo del sujeto amado pero por ser tiránico, al mismo tiempo, se le quiere destruir. El símil más adecuado sería el de la persistencia de un “claustro materno” psíquico y de unas fuerzas naturales que pugnan por expulsar de él al ser que primero fue embrión, luego feto, después niño y, por último, adolescente y adulto que se siente confortable en ese claustro pero quiere escapar para ser libre como los demás.

La pérdida de la relación de objeto, en el lenguaje psicoanalista, por parte del hijo rebelde o indomeñable, se traduce en un trauma psíquico que se materializa en forma de esa composición poética indicadora de la existencia de un delirio de persecución y de la cual sólo he reproducido un fragmento pero que puede leerse completa en el segundo tomo del Tratado de Medicina Interna de Bañuelos.

Luego retomaré el hilo de estas elucubraciones. Antes quiero recoger los retazos de sufrimiento que Buscarini dejó en el alambre espinoso de sus encierros manicomiales.

La fatalidad comienza ya a soplar con demasiada fuerza contra Buscarini. En uno de sus devaneos nocturnos de Madrid, desesperado, realizó un intento más serio de suicidio. Pasó del anuncio vocinglero de arrojarse desde la altura del viaducto de la calle de Bailén a la comisión de encaramarse materialmente sobre su barandilla donde le atraparon unos agentes del orden que no pudieron entender sus razones –las de la locura- seguramente expuestas con demasiada vehemencia, y ante aquella conducta abigarrada y confusa, ante aquellas exclamaciones y protestas del hombre genial incomprendido procedieron a ingresarlo en lo que entonces de llamaba Departamento de Observación de Dementes, anejo al antiguo Hospital Provincial de la calle de Santa Isabel. Aquello sucedió la noche del 25 de mayo de 1929 y, en aquella época, debía dirigir los servicios provinciales el doctor Huertas. Permaneció internado hasta octubre del mismo año. Quizá por razones burocráticas, por convenios administrativos o cosas de ese tipo fue trasladado en esa fecha (11 de octubre) al manicomio de Valladolid; el centro madrileño donde hizo su primera recalada como enfermo mental que llegué a conocer muy bien años más tarde, era muy pequeño y los enfermos tenían que ser evacuados periódicamente a otros establecimientos de mayor capacidad.

En Valladolid quedó al cuidado de Villacián durante dos años; en el mes de octubre de 1931 fue devuelto a su punto de procedencia; o sea al departamento de observación del Hospital Provincial de Madrid.

Estos datos constan en las fotocopias de su gruesa historia clínica, que me mandó Leal hace pocos meses, y que conservo cuidadosamente en mi archivo. De estos documentos selecciono unos cuestionarios que se usaron antiguamente y en los que se procuraba hacer acopio de datos, los cuales eran generalmente rellenados por los auxiliares de los médicos que tomaban las respuestas directamente de los allegados de los enfermos o, incluso, en casos en que fuera posible, de los propios pacientes, según su estado de lucidez, cultura o posibilidades de colaboración en las exploraciones.

Del modelo de cuestionario que se utilizó con la madre de Buscarini, al final del cual ella misma estampó la fecha y su firma (¿harían la encuesta por correo?) el día 17 de octubre de dicho 1929, extraigo algunos datos que reflejan los hechos según el punto de vista de la encuestada. Decía que en el colegio primario fue siempre de los más destacados y que, desde muy niño, manifestó una enorme inclinación hacia la literatura; a los ocho años ya escribía versos y a los quince sostenía a su madre “con su excesivo trabajo mental”. También se lee en el cuestionario que era respetuoso, receloso y solitario; siempre se comportaba con inquietud y nerviosismo. Nerviosismo que había ido en aumento hasta que un año antes de la fecha de la encuesta lo que parecía temperamental se convirtió en patológico. A la pregunta del cuestionario que inquiere “¿Qué empezaron a notar en él?”, la respuesta textual es: “Que queriendo mucho a su madre empezó a odiarla y a maltratarla; en una fase muy exaltada adquirió un estado de manía persecutoria en grado agudo”. Entresaco las respuestas a otras preguntas que constan en el citado documento: “Decía que ciertas gentes le perseguían”; “que los vecinos hablaban de él en sus conversaciones y manifestaban intenciones malévolas”; “Con mucha frecuencia expresaba deseos de matarse” y, por último, este dato que destaco por ser uno de los temas fijos de su querella: “mi madre me puso una aguja en la comida, la cual me perforó el corazón y los pulmones...”.

Para los psiquiatras esta colección de detalles son suficientes para diagnosticar una esquizofrenia o una demencia paranoide; este último es el calificativo que utilizó Villacián. Es igual.

Lo que quiero subrayar es la opinión que el hijo tenía de su madre y que consta en el mismo protocolo. Era la siguiente: “Mi madre tenía un espíritu de contradicción conmigo y con otros conocidos; era egoísta, limpia y hacendosa, hiperactiva, terca en sus vulgaridades; hormiga”. Y es muy probable que esta opinión no estuviera deformada por el prisma de la enfermedad que padecía quien la emitía y que, efectivamente, aquella mujer fuese como el hijo nos la presenta.

La relación existente –y recojo el enmarañado tema de la pérdida de la relación de objeto que antes he esbozado- entre madre sobreprotectora e hijo subyugado producen una angustia que, como un magma, envuelve a ambos protagonistas. Los dos participan de ella. El niño permanece sometido y jamás dice “no”, según observó el tratadista Spitz, pero es a costa de que en él se elabore un tipo de personalidad muy conflictiva y ambivalente (quiero y no quiero), que no tolera las frustraciones, que no saber perder –ni ganar- y que dispone de escasos recursos para reaccionar adecuadamente a situaciones críticas. Son muchachos, además, que maduran con precocidad y que desempeñan muy pronto el papel de adultos; considérese al Buscarini de los quince años que sostiene a su madre con el esfuerzo intelectual y pasional de sus versos. Está demostrado que muchos de estos niños son especialmente proclive a padecer esquizofrenia y, por tal razón, a esas madres sobreprotectoras se las ha llamado “madres esquizofrenógenas”.

¿Explicaría esto la ambivalencia sentimental de Buscarini que se descubre en los terribles versos de El hijo asesinado? Odio-amor, en constante balanceo. El primer elemento de la antinomia prevalece y se objetiviza en la idea delirante cuya temática se basa en que la presunta guja “puesta por la madre en el pan” llegó a atravesar las paredes de su corazón. Esto es sólo el producto de una elaboración intelectualizada de un sentimiento impetuoso, por sí misma incomprensible, que brota del inconsciente como un volcán. De aquel envolvente angustioso de la subordinación a la madre despótica se desprende violentamente un bloque que actúa con energía propia e imprime a la conducta del sujeto la morfología chocante, sorprendente, inesperada, que constituye eso que llamamos “esquizofrenia paranoide”.

Ignoro si el insigne psiquiatra Villacián se planteó los problemas dentro de esta línea dinámica de fuerzas devastadoras, pero lo que sí he observado en sus notas es que le causó asombro, desde el punto de vista fenomenológico, la facilidad con que Buscarini ofrecía ante el espectador la mutación alternante de las dos personalidades, que pugnaban por aflorar al exterior, desde los abismos del inconsciente. Esto no es literatura; es mera descripción de un hecho tangible cuyo origen está en la ambivalencia que Spitz atribuyó a los individuos desarrollados de tal forma, la cual con el tiempo se habrá de convertir en la ecisión, dentro de una misma persona, de dos modos de comportamiento totalmente disimilares: el del Buscarini cuerdo y el del Buscarini loco. Ambos se intercambiaban en la escena de la vida con tanta facilidad y rapidez como las transformaciones de Frégoli. Y, por todo ello, decía el pota a su médico que “veía el mundo de dos formas”, y que esta cualidad era un privilegio que no se resignaba a perder y que le colocaba por encima de los demás. “¡No me cure!”.

Villacián también observaba, como muestra la carta que de él he transcrito, cómo mantuvo siempre adheridos, pero sin fundirse entre sí ni imponerse el uno sobre el otro, sus dos mundos interiores, el normal y el morboso.

¿No es así como vio Breuler la mente hendida de los esquizofrénicos, hecho que le sirvió para bautizar a tan cruel enfermedad?

En otra de las observaciones hechas por Villacián en la historia clínica de Buscarini, puede leerse que el enfermo se considera a sí mismo soñador, independiente, enemigo de la sumisión ciega y el servilismo. (Pienso que ésa es la misma actitud del esclavo que en libertad recuerda sus cadenas). En aquellas notas consta que se le observa preocupado por problemas abstrusos, por el espiritismo, por la reencarnación, y está seguro –otra producción delirante- que el espíritu de Bécquer se reencarnó en él mismo. Y, en efecto, en uno de los versos que escribió durante sus años de internado en Valladolid, resuena como lo haría el eco de la poesía de Gustavo Adolfo. Esta composición que reproduzco íntegra está dedicada a S.M. la reina de España e ignoro si se publicó en algún periódico; se titula 'El ascua':

Cuando en aquellos días
lejanos me decías
que era el cáliz amargo,
que era la vida triste
y el camino era largo,
en lo hondo de la estufa
cercana a tu balcón
vi que se consumía
un ascua que tenía
forma de corazón.
Se inundaba el espacio de frío de negrura
Y nuestras pobres almas ateridas
sintieron de repente
el calor y la llama de una misma ternura
y frente a los inmóviles horizontes abiertos,
temblorosas las manos y las bocas unidas
los dos nos sonreímos
y durante una hora inmensa nos quisimos
con el desinterés que se quiere a los muertos.
Volvieron otras tardes cual dorados racimos
que los dos vendimiamos y los dos repartimos;
peroahítos del hechizo de nuestras horas plenas
inventamos pretextos a la separación.
¡Tú te fuiste llorando! ¡Yo quedé con mis penas!
¡Se había apagado el ascua de nuestro corazón!

Conservo la fotocopia del manuscrito original y observo una caligrafía muy peculiar cuyo estudio brindo a los grafólogos.

El camino trágico y el rodar desesperado por las salas lúgubres de los viejos manicomios donde pasó once años, no tuvo ni un paréntesis de alivio. Su madre debió morir. No aparece más en escena ni se la menciona, mientras el poeta permanecía internado. En el centro de Valladolid estuvo dos años.

Como recuerdo de sus días tristes del manicomio de Valladolid queda un soneto dedicado a José María Villacián y a don Herminio Redondo, a cuya dedicatoria agrega estas palabras: “que influyen en mi curación”. De ello se deduce que tenía conciencia de sus alteraciones psíquicas. Parece deducirse que lo envió a la revista Nuevo Mundo; hay una nota al margen que dice: “mande el importe” y una dirección: “Sr.D.Francisco Verdugo, Hermosilla, 57”. El soneto es estremecedor, sobre todo en su última estrofa, que parece anunciar el cataclismo que poco después ocurrió:

Desde mi soledad

Más que un gran manicomio es un viejo convento
con ventanas románicas el lugar donde estoy.
Se olfatea la muerte, aquí, a cada momento
Y hay un perro que siempre va por donde yo voy.
Con lánguidas miradas me contempla la hermana
como si preludiara reintegrarme a la vida
y con el sol naciente que ríe en la ventana
alguien dice con voz queda: ¡aún no es cosa perdida!
Lo quisieron matar muy científicamente,
se murmura en los grupos de la gente demente
que se apiña en el patio hacia el atardecer.
Con los locos parece que gime toda España
como si España entera ante tan vil hazaña
casi estuviera a punto también de enloquecer.

Todos sabemos que enloqueció.

De allí volvió al lugar horrible que fue el Departamento de Observación de Dementes de Madrid. Como antes he dicho, éste era un edificio anejo al Hospital Provincial. Tenía dos patios, uno para mujeres y otro para hombres. Allí salían los enfermos cuando hacía buen tiempo, sin ver más que paredes grises y cielo. Desde las galerías del edificio principal, adonde daban las salas de los enfermos corrientes, se veía a los “locos” en su constante ir y venir sin sentido, entre las cuatro paredes de su patio. Los otros enfermos, los de arriba, los cuerdos, les tiraba mendrugos de pan seco. Eran tiempos de escasez. Ese triste espectáculo lo presenciaba yo a diario. Allí estuvo Buscarini, perdido y desconocido.

Y, por último, en virtud de motivaciones también administrativas, me imagino, fue enviado al manicomio de su provincia de origen, Logroño, donde ingresó el día 3 de marzo de 1932. Ya no salió de allí ni se reintegró ni por un minuto al mundo de las personas normales.

Las cosas se agravaron, y sobre la esquizofrenia y el hambre atrasada, evolucionó fatalmente una tuberculosis pulmonar que le llevó a la tumba a los treinta y seis años de edad.

El hecho de morir estaba ya previsto en los proyectos del poeta maldito, si bien exigía, para morirse, unos condicionamientos que no se cumplieron. He aquí reproducido parcialmente un memorial testamentario dirigido a don Alfonso XIII cuya fotocopia conservo y que, como todos los documentos, proceden del protocolo de Valladolid. Las alturas a que llega su egolatría, la hipertrofia del yo, la conciencia de su genialidad, quedan reflejadas en el final, que es lo único que reproduzco porque el documento, cuyo valor psicopatológico es muy elevado, resulta excesivamente largo para reproducir íntegramente en una crónica como ésta que no pretende agotar el tema. Dice:

“Deseo que se me haga un entierro solemne y que todos los escritores y artistas me guarden luto durante cinco años; deseo que se me ofrenden coronas con sentidas y cariñosas dedicatorias y que aquellos a quienes pude ofender den al olvido mis agravios y tomen parte en la ceremonia.
”Deseo que la prensa de todo el mundo publique retratos míos y la noticia de mi muerte con enormes titulares: HA MUERTO ARMANDO BUSCARINI.
”Deseo que ante mi cadáver desfile toda clase de gentes, lo mismo potentados que obreros, y que los niños depositen flores; deseo que los periodistas desfilen ante mí y que algún escultor famoso saque la mascarilla de mi rostro y el vaciado de la mano derecha, que pudo crear tantas obras inmortales.
”Deseo que Serafín Álvarez Quintero pronuncie un discurso y que Alfonso Hernández Catá hable de mis obras; deseo que el embalsamamiento y que la casa de Prensa Gráfica coloque en sus balcones, durante un mes, una bandera negra.
”Deseo que mi cadáver vaya envuelto en la bandera española, puesto que yo fui siempre un gran patriota, y deseo, además, que se me digan inmensidad de misas para la completa salvación de mi alma, ya que el hombre, como tal, fue bastante pecador.
Valladolid, 20 de mayo de 1930
en el Manicomio Provincial
Armando Buscarini”

Escribió esto a los veintiséis años y aún tardó diez en morir. La idea de la muerte, de la autoaniquilación con todos los honores que significaban una compensación para su amor hacia sí mismo y la inmortalidad, la debió tener constantemente en su mente como una de esas ideas que llamamos sobrevaloradas.

Pero... no se cumplió ni uno solo de sus deseos de grandeza en la vida ni uno solo de los homenajes que esperaba recibir después de muerto.

El final de Buscarini fue un fracaso más. Todavía hoy, cuando escribo estas líneas, (febrero de 1979), vive sor Aquilina, ya muy anciana, que fue la hermana de la Caridad que atendió al poeta en sus últimos instantes.

Sor Aquilina me refirió que terminó su vida embotado, sin apenas lucidez, indiferente a todo lo que le rodeaba. Falleció de una anemia aguda consecutiva a una hemoptisis como ya he mencionado antes, las 19 horas del día 9 de junio de 1940.

-¿Qué recuerda usted de él, sor Aquilina? –le inquirí.
-¡Oh! Cuando lo trajeron de Madrid hablaba mucho y otras veces se pasaba días enteros sin despegar los labios.
-¿Y no recibía visitas de amigos, de familiares...?
-No recuerdo que viniera a visitarlo nadie.

Me refirió también sor Aquilina, que a la hora de la visita del médico le recitaba una sarta de versos. Pienso que serían los mismos que entonaba para hacer la propaganda de sus libros en la acera de los impares de la calle de Alcalá.

Los últimos párrafos de esta crónica los escribo en tiempo presente.

Hoy, 15 de febrero de 1979, a media tarde, he ido al cementerio de Logroño. No había ningún visitante. En la oficina de los Hermanos Fosores me han atendido uno de ellos, joven andaluz, muy simpático, alegre y con expresión, mirada y ademanes inteligentes. Le he dado los datos de Buscarini e inmediatamente ha buscado en un fichero. De él ha extraído una cartulina amarilla donde consta que Armando García Barrios fue enterrado el 10 de junio de 1940 en el columbario de la circunvalación primera. Es la que hay según se entra por la puerta que da al Ebro, a la izquierda. En la misma cartulina y con trazos de color rojo, se lee: “exhumación el 10 de agosto de 1970”. El hermano fosor me ha explicado que esta anotación quiere decir que el nicho ha sido vaciado y que los restos han sido o fueron trasladados al osario común. Me despido del fosor y nos ofrecemos mutuamente nuestros servicios. Pero él en seguida retira su ofrecimiento con una sonrisa seductora. Lo mismo hago yo; lo que ya no sé es si mi sonrisa ha sido seductora. Estoy con mal cuerpo, mohíno, fastidiado. Los dos hemos acordado tácitamente posponer nuestras respectivas ofertas de servicios mutuos cuando no hay otro remedio.

De Buscarini ya no quedan ni los huesos. Únicamente como rastro de su paso por este mundo está aquella cartulina que el amable hermano fosor ha devuelto a su lugar en el fichero.

He vuelto a atravesar el cementerio donde reina el mayor silencio. La tarde es muy fría y comienza a nevar...

En una alameda he visto un fosor muy viejo que desmenuza pan para los pajarillos. ¿Hay pájaros aquí?

Gran Buscarini, poeta inmortal y hambriento, este médico solitario que ni siquiera lo era cuando tú vivías; que asistió a otros innumerables esquizofrénicos en el caserón donde te sorprendió el final de tu existencia; este médico, ha reinvindicado tu memoria de genio y te ha hecho entrar en las páginas de un libro donde te codearás con otros seres que pudieron tener en sus vidas más éxito del que tú alcanzaste en la tuya; pero no tuvieron el alma tan sensible y tan emocional para despertar estos ecos lejanos que has despertado tú, poeta del arroyo, poeta del fracaso, poeta segregado por una sociedad que no supo comprender cómo en tus versos tal vez se compendiaba un lamento cósmico, tal vez el dolor de la humanidad entera.

Armando Buscarini: muchas gracias..., adiós...

* NOTA: Alberto Escudero Ortuño fue director del Hospital Psquiátrico de Logroño (La Bene), en el que murió Armando Buscarini. Aunque no le trató como paciente, mantuvo relación con José Mª Villacián, gracias a lo cual escribió este capítulo en su libro de memorias 'Por los caminos de Hipócrates' (Ed.Noguer, 1981. Barcelona) y cuya reprodución debemos a su familia, en particular a su hija María.