<<Armando Buscarini>> nació como Armando Antonio García Barrios el 16 de julio de 1904 en Ezcaray (La Rioja), así lo atestigua su partida bautismal y así lo afirma él mismo en su libro San Antonio de la Florida. Su madre, la bilbaína Mª. Asunción García Barrios, recién estrenado el siglo xx emigró a Buenos Aires para intentar prosperar, y allí quedó embarazada de un marinero italiano apellidado Buscarini que la abandonó. Armando Buscarini vino al mundo, pues, con el estigma del malditismo. En La Rioja, madre e hijo encontraron cobijo y ayuda familiar, por lo que Buscarini se cría y educa en Ezcaray, pero, antes de que entre en la adolescencia, su madre se lo lleva a Madrid, adonde se trasladan en busca de esa suerte truncada en Argentina. En la capital, Buscarini continuó sus estudios mientras su madre regentaba una pensión frecuentada por viajeros portugueses en el castizo barrio de Cahamberí.


Partida bautismal.

Superando a Rimbaud en un año, y demostrando una precocidad a la postre nada beneficiosa, Armando Buscarini publica su primer libro Emocionantísimas aventuras de Calck–Zettin (El emperador de los detectives) en 1918, título bajo el cual engloba cuatro cuadernos de cuentos de aventuras como El hombre de las gafas negras y poemas como Cantares. Aunque ésta es una de sus obras menos conocidas, supone el pistoletazo de salida a su trayectoria literaria, especialmente fructífera en estos primeros años de adolescencia. En 1919 publica el opúsculo poético Ensueños y en 1920 Cancionero del Arroyo y Sombras, que bien le sirvieron de carta de presentación para publicar sus poemas en periódicos como El Imparcial, La Tribuna y, sobre todos, La Libertad, en las mismas secciones que Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o Federico García Lorca.


Retrato de 1920

No son los anteriores, en cambio, los únicos escritores importantes con quienes Buscarini se codea de un modo u otro en aquellos días en los que su popularidad crece gracias a la excentricidad de sus métodos de venta: al asalto de autores como Valle–Inclán, Rafael Cansinos Assens, César González-Ruano, los hermanos Álvarez Quintero, Eduardo Marquina o Alfonso Hernández–Catá, ya sea personalmente en las tertulias en las que algunos de ellos participaban en cafés como el Levante, el Colonial, el Pombo, el Europeo o el Oriente; o por vía postal.


Retrato de 1921

Al menos es conocida la correspondencia que Buscarini mantuvo con Rafael Cansinos Assens y Andrés GonzálezBlanco, dos de los periodistas literarios más importantes de la época. En ella reclama «protección» literaria y «generosidad altruista», es decir, un préstamo a fondo perdido para costear los gastos de imprenta de sus obras. Por la continuidad de las misivas, el aumento de adulaciones y su fecundidad editorial a mitad de la década, del primero debió conseguir lo pecuniario, mientras que del segundo, al menos, obtuvo un prólogo para Cancionero del arroyo.


Retrato de 1921

Ya por entonces Buscarini era conocido como «el niño poeta» y amplió el negocio instalando un puesto de venta en la Calle Alcalá (frente al Ministerio de Hacienda, junto al Casino) al grito del ingenioso eslogan «¡Hay que ayudar al poeta!». Sus siguientes obras poéticas, Rosas negras, Romanticismo, Yo y mis versos, Dolorosa errante, Poemas sin nombre y La vengnza de la gitana(todas publicadas en 1921) aún no contenían la original leyenda «Se considerará fraudulento todo ejemplar que no lleve la firma de su autor, de su puño y letra».


Retrato de 1921

Y es que, una vez aumentó la paginación de sus publicaciones (convirtiendo los primeros cuadernos en libros) y pasó de cobrar veinticinco céntimos a dos pesetas y media en un momento de bonanza económica, acudía tan presto como un atento camarero a las mesas de los cafés para ofrecer a los literarios clientes: «Un libro, ¿caballero? Son treinta céntimos, y cincuenta con dedicatoria»; y, si compraban, frecuentemente elegían el ejemplar limpio de autógrafo, pero Buscarini acababa regalándolo benévolamente.

Retrato de 1921

Llegado 1922 el riojano siguió el ritmo frenético de publicación (de ese año son los títulos Por el amor de Dios, Las rosas eternas, Cruzada romántica. Prosa de exaltación y de amor a la Humanidad y Con la cruz a cuestas), algo retenido en 1923 (período en el que apenas publica el poemario El riesgo es el eje sublime de la viday se atreve con el drama teatral Sor Misericordia, escrito junto a Mario Arnold, hasta que alcanzó su cenit en 1924, año en el que publicó las novelas de tintes autobiográficos El aluvión, Cuento de golfos, El arte de pasar hambre, Las luces de la Virgen del Puerto y Maruja la de Cristo, la obra de teatro poético El Rey de los Milagros, el libro de poesía Primavera sin sol y el volumen Mis memorias, repaso literario a su azarosa vida con tan sólo veinte años.


Retrato de 1922

Pero la “época dorada” de Armando Buscarini comienza a encrudecerse en los meses venideros, paralelamente a la dictadura del general Primo de Rivera. Los periódicos dejaron de publicarle y los cuadernos de venderse fácilmente, tal vez por la saturación de títulos a la que sometió a sus habituales y solidarios clientes. Pedro Luis de Gálvez le regalaría entonces otra frase de reclamo: «Mi corazón dice que te dé el libro de balde, mi cerebro que lo pagues»; pero ya el fracaso comienza a ser una realidad que Buscarini se niega a digerir. En uno de los ya esporádicos regresos a casa de su madre, ésta, ahíta de las ínfulas literarias de su hijo y del cada vez más preocupante odio hacia ella (plasmado en algunos de sus textos posteriores), ingresa a Armando en el Departamento de Observación de Dementes del Hospital Provincial de Madrid. Apenas está una semana interno, pero es suficiente para anunciar el declive de uno de los poetas más populares de aquellas calles madrileñas.


Retrato de 1924

La gloria acariciada por Buscarini en 1924 —esa «gloria lejana que no llega», escribió— pronto le hace convertirse en el «hermano menor de la bohemia», aunque no pasa un solo año sin que consiga publicar al menos un par de obras. Aunque de nuevo en sencillas ediciones, opúsculos de apenas treinta páginas, en 1925 publica el «cuento maravilloso» La Reina del bosque y la novela San Antonio de la Florida. Buscarini probó de nuevo suerte con la poesía, dando a luz en 1926 Baladas y Los lauros, tras haber conseguido volver a publicar versos en prensa, a comienzos de 1925 en la revista semanal La Esfera.


Retrato de 1924

Fueron tiempos en los coincidió con Gálvez (miembro destacado de la Golfemia, si no su líder indiscutible) en la hostería Han de Islandia de Lavapiés y en los que llegó a advertir a los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero de que, si no le concedían cierto dinero, encontrarían su cadáver colgado de un árbol frente a su casa. Y los Álvarez Quintero, prestigiosos dramaturgos de comedias costumbristas de los teatros de Madrid, accedían al chantaje por miedo a enturbiar su imagen pública. Razón de más para que en Maruja la de Cristo Buscarini les dedicase estas santas palabras a quienes fueron sus mejores mecenas junto con los también escritores Pedro Muñoz Seca y Carlos Luis de Cuenca, el político Sánchez Guerra y el comerciante Gabriel Melguizo:


Retrato de 1924

«Yo he elegido a dos hombres ilustres por mensajeros de mi destino. Estos hombres tienen entrada al templo de la gloria. Si ellos me interceptan el camino, la posteridad histórica los señalará con una sombra imborrable».

Ya en la recta final de su vida literaria se vuelca ciegamente en el teatro y, tras la novela corta La cortesana del Regina (1927), fruto de esta pasión publica los dramas Los dos alfareros (1927) y El rufián (1928; de más de cien páginas), que, a pesar de estar recomendada por la prestigiosa actriz de la Compañía de Teatro Español Margarita Xirgu, fue sistemáticamente rechazada para ser representada por las empresas teatrales Cómico, Fuencarral, Fontalba y Pavón. Finalmente, en noviembre de 1928 publica su último libro, la antología de su propia obra poética El umbral del recuerdo.


Retrato de 1924

Parece como si el desdichado bohemio vaticinara su destino y hubiera querido despedirse de los lectores con una selección de sus mejores versos y un título proverbial. Pero aún le quedó imaginación antes de alojarse definitivamente en los sótanos de la locura. Cuando las ganancias no le fueron propicias —y durante algún tiempo lo fueron, y muchas, puesto que llegó a declarar que ingresaba 300 pesetas mensuales, con lo que mantenía a su propia madre, a quien los clientes de la pensión con frecuencia no le pagaban— cerraba el día acudiendo al Puente de Segovia y amenazaba sobre la cornisa del viaducto (recurso definitivo de muchos suicidas) con lanzarse al vacío si alguien no le compraba algún libro.


Retrato de 1926

En una ocasión fue arrestado por sus tendencias suicidas, pero su paso por comisaría fue fugaz. La explicación sobre que ese comportamiento sólo era una treta para vender libros no resultaba mentalmente muy sana y el 25 de mayo de 1929 Buscarini ingresó en el Hospital Provincial de Madrid, de donde sólo salió para ser trasladado a Valladolid el 11 de octubre de ese mismo año, devuelto a Madrid el 9 de octubre de 1931 y enviado definitivamente a Logroño el 3 de marzo de 1932. Su madre había fallecido accidentalmente en una calle de Madrid y apenas recibe visitas de un familiar lejano. Su estado físico y mental está ya muy deteriorado, agravado por las condiciones de salubridad de aquellas clínicas, tan precarias como las atenciones que recibían los dementes.


Retrato de 1929

Los nueve años que Armando Buscarini estuvo ingresado en el manicomio logroñés los vivió ajeno a acontecimientos como la Guerra Civil Española y sólo vio la calle mensualmente para descargar el camión de patatas que aseguraba la comida a los internos. A las siete de la tarde del 9 de junio de 1940 falleció a consecuencia de una tuberculosis pulmonar y es enterrado en el cementerio de Logroño sin que nadie llore su muerte; sus restos fueron trasladados a la fosa común en 1970. La tragedia que fue la vida de Buscarini llegó hasta tal punto que, si su supuesta muerte fue narrada en vida por los principales diarios de la época, su fallecimiento real apenas supuso una línea en las efemérides del periódico local Nueva Rioja dos días después de su óbito. Y es que Armando murió un domingo, y los rotativos, entonces, no tenían edición los lunes.


Osario común del cementerio de Logroño.

 Rubén y Diego Marín Abeytua.
(Ezcaray, 8 de mayo de 2006).

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